El delirio de las cuerdas
El bondage es una de las practicas BDSM más extendidas en todo el mundo
y una de, a las que con más fuerza, podemos encontrarle una raíz cultural.
En sus inicios tuvo, en muchas culturas, una estrecha vinculación al
erotismo, al placer de la piel y el roce y a la fantasía. En este camino se
aproxima al arte, más allá del “ars erótica”, llegándolo a cubrir mientras
este mismo le cubre a él. El bondage goza de espontaneidad y de técnica, del
aspecto físico y del mental. En Japón, uno de los países donde más se ha
desarrollado esta práctica, el Nawa Shibari fue un importante instrumento
durante la guerra. En el tiempo de las cruzadas y de la inquisición, el
cristianismo supo también encontrar su hueco para él como instrumento de
tortura. Desde su nacimiento, el bondage ha estado presente en diferentes
lugares y culturas llegando hasta nuestros días como algo genuino.
Al igual que tantas otras prácticas, el bondage puede ser concebido como
algo externo al BDSM, es decir, lejano a concepciones de dominación y
sumisión, de sadismo y masoquismo. Por otro lado, “SM” es un termino
utilizado como paraguas para englobar un sinfín de actividades y actos
considerados mayoritariamente como parafilias o perversiones, debido a su
enajenación natural de lo socialmente aceptado. Una vez descuartizado el
BDSM, podemos adentrarnos en él y dar forma a cada uno de sus elementos
matizándolos, desenredándolos nudo a nudo.
El termino bondage significa esclavitud. No es de extrañar que se
utilice para hacer referencia a esta práctica, ya que, simplificando,
consiste en reducir a una persona privándola de movilidad completa o
parcialmente. Cualquier material u objeto que lo permita es válido. Las
técnicas occidentales, por ejemplo, se dan satisfechas con ello. Si nos
adentramos en las orientales, encontraremos que no es suficiente, un bondage
completo será un conjunto de tramas capaces de realzar o restringir las
distintas partes del cuerpo a parte del hecho de que pueda o no inmovilizar
a la víctima.
Podemos establecer en cada sesión una base receptora de muchas otras
prácticas alejándonos o volcándonos completamente en lo genital. Su máximo
atractivo es, en todo caso, el juego de la erotización de la total entrega,
de la confianza y del conocimiento. La impotencia, el miedo y el horror no
pierden grado alguno de excitación, se apoyan siempre en los anteriores. En
esta cara, más abstracta y mentalista, hay tres elementos a tratar que
forman parte del juego: la fomentación del deseo, la adoración, y la
cosificación o utilización de la persona.
Fomentar en alguien el deseo hacía tu persona es sumamente grato. Nos
sitúa en la escalonada pirámide de Maslow, en el peldaño de la
autorrealización y la seguridad. Nos sentimos deseados y ello nos complace e
incluso tranquiliza. Hemos conseguido con nuestros medios, de forma
voluntaria y consciente, fomentarlo.
Una vez conseguimos privar a alguien de su autosuficiencia, sacando a
flor de piel su vulnerabilidad, sensibilizando no solo su cuerpo sino
también su mente y su alma, solo nos queda ver como nos necesita y desea,
qué fórmulas utiliza para expresarlo, y disfrutar de todo ello.
El dominante disfruta del control de la situación y del poder de
moldearla. Se siente un conductor de sensaciones y, de alguna forma, un
creador. El bondage es la forma más gráfica de demostrar esa posición
otorgada y el devenir al que acceden algunos. Moviéndonos junto al
desenfreno, por otro lado, el auto control es placentero y corrosivo. Sin él
jamás dominaremos ninguna situación.
Compaginar unos nudos con la incapacidad de ver, haciendo que la
víctima quede enajenada de su entorno, inconsciente a él, puede fundir su
interior a su exterior y a ambos a las cuerdas provocando así una sensación
extraña. Que necesite de nuestro tacto, de una palabra, de cualquier gesto
nuestro hacia ella y que la lleve incluso a la suplica querer obtenerlo. Se
trata de potenciar nuestras acciones interfiriendo directamente en el estado
natural de la víctima y hacérselas anhelar eliminando cualquier razón que
pudiera reprimir su deseo.
Dos sensaciones evidentes de quienes son atados están vinculadas al
abandono. Se sienten o no solos. La adoración nos pondría en la situación
inversa de la fomentación del deseo. Dejamos sentir a la persona que tenemos
presa como estamos pendientes de ella, nos hacemos cargo y la cuidamos. Que
somos nosotros los que nos vemos volcados a ella plenamente. Le desprendemos
la excitación que nos provoca. Algo así como recorrer su cuerpo o
simplemente mostrarle nuestras ganas locas de hacerlo. Por ejemplo, pasar
una cuerda entre las piernas a modo de cinturón de castidad e impedir la
posibilidad de penetración puede ser enloquecedor. En la adoración, la
persona atada simboliza el motor de la relación y del momento y así lo
percibe. Las cuerdas dan a su cuerpo una nueva forma. Nos volcamos por
completo sobre el placer de adorarla, de hacer de ella un bien preciado y
deseado. La vertiente japonesa, que tiene gran parte de decoración, es muy
indicada para ello. Vestimos a la persona y no solo la hacemos sentir
especial sino que también la miramos de tal modo.
La cosificación o utilización del sumiso podemos situarla dentro de la
humillación pero le encontramos aún un lado más salvaje. La única “utilidad”
del sumiso es la de satisfacernos y ser un objeto más de nuestros caprichos
y placer. Disponemos de él cuando nos place, y cuando no, permanece a la
espera. Podemos crear un vínculo a nuestras necesidades en el que él se
implique de forma absoluta. Con él suplimos algo que se muestra vital y se
limita a esperar el momento de auto complacerse complaciéndonos. Puede
llegar a momentos de autentica angustia en el sentido de que nuestro
alejamiento es igual a una innecesidad hacia su persona. Si nos mostramos
distantes sufrirá.
En la distancia tenemos también espacio para el castigo y la tortura.
Podemos enfocar esta situación tanto a la tortura mental (maltrato psíquico,
desprecio, objetivación, etc.) como física. Es un buen momento para una
nueva concepción del dolor. En el aspecto físico, es la ocasión perfecta
para una forma conceptual distinta en cuanto a su aplicación, el dolor
acumulativo. Sin ejercer constantemente una acción que busque esa sensación
intensa, unos cuantos nudos pueden provocar que a medida que vaya pasando el
tiempo aparezca y se intensifique. Esta técnica no se basa en cortar la
circulación sanguínea, algo que hay que evitar a toda costa dado que ya
sabemos los problemas que puede acarrear. Existen algunos puntos corporales
claves a tener en cuenta. Por ejemplo, justo encima de los codos el atado
nota enseguida como sus brazos se obturan y su color, tacto y sensibilidad
se alteran; algo más arriba, en cambio, es un punto interesante para
utilizar juntando los brazos por la espalda.
Con suma frecuencia la gente se aleja de la realidad. El bondage puede
resultar peligroso, una de las practicas más peligrosas del SM. Para jugar
de forma segura, el activo debe poseer unos mínimos conocimientos y, aun
así, no estará libre de pena si se dedica a estrecharlos. Cualquier error de
tiempo, un nudo mal puesto o la obstrucción de un riego sanguíneo puede
llegar a acarrear problemas de salud serios. Problemas que ni el spank ni
las agujas, en niveles que creemos inofensivos, ocasionarían. Es decir,
hablar de “safe bondage”, significa hacerlo del conocimiento que posee quien
ejerce de activo, conocimiento del que muchas veces no podemos estar
completamente seguros.
“El Dolor formara parte de ti y buscaras el Placer en él. Mi Placer
será tu Placer. Dominad@ liberaras tu mente de ataduras absurdas. Las
ataduras a partir de ahora serán cuerdas ceñidas a tu piel.”
BraXteR CAiN, Señor de
LaDyCAiN y gany{BX}.
- NEO-CORTEX BDSM
