Escrito por Kurt
master48bcn@yahoo.com
http://clubrosas5.com
Autores como Balthus, Dalí, Man Ray o Mapplethorpe forman
parte de una muestra que ilustra el cruce de relaciones entre la Historia del
Arte y el de la sexualidad, y con la que Graz (Austria) celebra su Capitalidad
Europea.La ciudad austríaca de Graz ha cumplido, creemos que «con creces», con
su Capitalidad Cultural de 2003, presentando entre otros eventos, dos
exposiciones de distinto signo, pero a tono con cuestiones derivadas de un mundo
que busca conectar lo local con lo global.
La exposición de carácter histórico Torre de Babel, en el Eggenberg Castle,
aborda el fenómeno del origen y la diversidad de los lenguajes escritos y orales
ante el reto comunicativo de un mundo multilingüístico. Por su parte, la de
carácter temático-iconográfico Fantasma del Deseo.Visiones del Masoquismo en el
arte plantea un recorrido literario, cinematográfico y plástico a través del
masoquismo, vinculándolo a sus dos fundadores, Leopold von Sacher-Masoch y
Richard von Krafft-Ebing, que se entienden como dos artífices de una auténtica
rebelión social y sexual en la Graz de finales del siglo XIX.En Fantasma del
deseo, el comisario de la muestra, el artista austríaco Peter Weibel, a partir
de la exhumación de la figura mal conocida del profesor de Historia, escritor
prolífico y defensor de la causa semítica Sacher Masoch, entiende el masoquismo
como una «nueva religión». De Masoch, autor que ha sufrido un injusto olvido
histórico a causa de la fusión de lo sado y lo masoquista (los mundos de Sade y
Sacher-Masoch en origen nada tienen en común), Weibel busca delimitar su
particular «visión» del erotismo. Para ello rescata su novela Venus in Furs (La
Venus de las pieles), de 1869, un relato del «contrato de sumisión» entre la
heroína Wanda, el prototipo de la mujer «dominadora» (opulenta y cubierta de
pieles) y el esclavo Severin, relato que, a su vez, el psiquiatra y uno de los
fundadores de las ciencias sexuales Richard von Krafft-Ebing utilizó para
definir en su texto Psychopatia sexualis (1886) el concepto de masoquismo.A
partir pues del concepto general de las prácticas sexuales en las que el placer
va unido al dolor, Weibel dedica la primera parte de la exposición a documentar
exhaustivamente –paneles, fotografías, libros de época– algunas de las
«perversiones amorosas» de Sacher-Masoch derivadas de sus «contratos de
sumisión»: juegos crueles, en ocasiones humillantes y casi siempre
desexualizados, en los que predomina el poder del disfraz, de la máscara, los
desdoblamientos de personajes, los ritos iniciáticos... En una extensísima
segunda parte, Weibel «visualiza» esta perversidad en una rica, original y muy
sugerente exploración iconográfica que le lleva a trazar una recorrido
horizontal y vertical por todo el arte del siglo XX (con un total de 180
artistas), incluyendo cómics, dibujos, grabados, pinturas, instalaciones,
fotogramas de filmes, fotografías, vídeos y películas. Consciente de la
complejidad y de la amplitud del tema, Peter Weibel descubre –«quita las
pieles», diríamos– de las visiones que le sirven para «categorizar» el
masoquismo: fetichismo, mujer fatal, segunda piel, mujer-máquina, flagelación,
castigo... Y presentar lo más didácticamente posible lo que se puede entender
como subversión de los valores sociales patriarcales y burgueses. Las
fotografías de Man Ray, Nobuyosji Araki, Gilles Berquet, Robert Mapplethorpe,
Helmut Newton, David Levinthal, Doris Kloster, Pierre Moliner, Cindy Sherman y
Andrés Serrano; los cómics de Tom de Finland o Guido Crepax, los dibujos de J.
Baron de Lapin, Alfred Kubin, Félicien Rops y Joseph Beuys; las pinturas de
Balthus y Nicole Eisenman; los objetos de Duchamp, Wim Delvoye y las
instalaciones de Sylvie Fleury, por poner sólo unos ejemplos, ilustran el
constante –y muchas veces camuflado– cruce de relaciones entre la Historia del
Arte y la Historia de la sexualidad. En unos casos, son las «pieles» origen de
un amplísimo catálogo de accesorios del cuerpo desnudo –corsés, mascaras,
cuerdas, hierros, terciopelos, vellos– los que se convierten en el lugar central
del fantasma masoquista. En este sentido, la serie de dibujos de Salvador Dalí
La venus de las pieles, de 1969, nos parece de gran fuerza ilustrativa, en los
que, como afirma Weibel, la piel es la frontera, el lugar en el que el
masoquismo intenta establecer un equilibrio entre el yo y el mundo, pero también
entre el «ello», el «ego» y el «superego».La frialdad de la máquinaEn otras
obras, el acento se pone en la frialdad, en los aspectos inorgánicos, en la
ausencia de vida derivada de la «mecanización de la vida sexual». De ahí la
presencia de la mujer-máquina, un tema caro a los surrealistas y dadaístas, que
en la exposición podemos rastrear en las obras de Zoe Leonard o Tobias Bernstrup,
así como en las teorías de Gilles Deleuze que en su Le froid et le cruel (1967),
texto ampliamente citado por Weibel, presenta el masoquismo de Sacher-Masoch
complementado con el sadismo. En todos los casos, como exponen artistas tan
distintos como Larry Clark (Tulsa, 1972-73), Nan Goldin (Balada de la
dependencia sexual, 1987), los accionistas vieneses Günter Brus y Rudolf
Schwarkogler o los exponentes del «masoquismo extremo», como Bob Flanagan y
Joel-Peter Witkin, el cuerpo se entiende como «un fantasma que respira y habla
de deseos cuya satisfacción procede sólo del tormento y del cruel orgullo de la
humillación física». Ello hace que la exposición se convierta en un muestrario
humano en el que la piel es escenario de heridas, tatuajes, incisiones,
flagelaciones, rasguños, el lugar de la sumisión en el que escribir el fracaso
de la ley, del orden simbólico, del nombre del padre y, en una palabra, del mito
de Edipo. Pero, tal y como afirma Weibel, la sumisión (recordemos que una de las
acciones más conocidas del propio Weibel fue recorrer las calles de Viena cual
perro, caminando a cuatro patas y arrastrado por su compañera, la artista Valie
Export) es (o puede ser) sólo un rol, un vestido –segunda piel– que uno puede
ponerse o quitarse a expensas de los escombros del patriarcado. Concluye Weibel:
«Si el siglo XX fue el siglo de Sade, el siglo XXI, el del “turbo-capitalismo”,
el de una sociedad dominada por la competencia, por el consumismo cultural, por
la tecnología avanzada, lo será de Sacher Masoch, pero ya no entendiendo el
masoquismo como condición individual compulsiva, tal como así lo entendieron
autores tan notables como Ivan Bloch o Freud, sino como condición social que
conecta la perversión sexual con la liberación colectiva del ego». Una
liberación, no podía ser de otra manera, placentera –necesaria– y dolorosa.
![]()