En la piel del esclavo (Anna Maria Guasch)
 

Escrito por Kurt

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Autores como Balthus, Dalí, Man Ray o Mapplethorpe forman parte de una muestra que ilustra el cruce de relaciones entre la Historia del Arte y el de la sexualidad, y con la que Graz (Austria) celebra su Capitalidad Europea.La ciudad austríaca de Graz ha cumplido, creemos que «con creces», con su Capitalidad Cultural de 2003, presentando entre otros eventos, dos exposiciones de distinto signo, pero a tono con cuestiones derivadas de un mundo que busca conectar lo local con lo global.

La exposición de carácter histórico Torre de Babel, en el Eggenberg Castle, aborda el fenómeno del origen y la diversidad de los lenguajes escritos y orales ante el reto comunicativo de un mundo multilingüístico. Por su parte, la de carácter temático-iconográfico Fantasma del Deseo.Visiones del Masoquismo en el arte plantea un recorrido literario, cinematográfico y plástico a través del masoquismo, vinculándolo a sus dos fundadores, Leopold von Sacher-Masoch y Richard von Krafft-Ebing, que se entienden como dos artífices de una auténtica rebelión social y sexual en la Graz de finales del siglo XIX.En Fantasma del deseo, el comisario de la muestra, el artista austríaco Peter Weibel, a partir de la exhumación de la figura mal conocida del profesor de Historia, escritor prolífico y defensor de la causa semítica Sacher Masoch, entiende el masoquismo como una «nueva religión». De Masoch, autor que ha sufrido un injusto olvido histórico a causa de la fusión de lo sado y lo masoquista (los mundos de Sade y Sacher-Masoch en origen nada tienen en común), Weibel busca delimitar su particular «visión» del erotismo. Para ello rescata su novela Venus in Furs (La Venus de las pieles), de 1869, un relato del «contrato de sumisión» entre la heroína Wanda, el prototipo de la mujer «dominadora» (opulenta y cubierta de pieles) y el esclavo Severin, relato que, a su vez, el psiquiatra y uno de los fundadores de las ciencias sexuales Richard von Krafft-Ebing utilizó para definir en su texto Psychopatia sexualis (1886) el concepto de masoquismo.A partir pues del concepto general de las prácticas sexuales en las que el placer va unido al dolor, Weibel dedica la primera parte de la exposición a documentar exhaustivamente –paneles, fotografías, libros de época– algunas de las «perversiones amorosas» de Sacher-Masoch derivadas de sus «contratos de sumisión»: juegos crueles, en ocasiones humillantes y casi siempre desexualizados, en los que predomina el poder del disfraz, de la máscara, los desdoblamientos de personajes, los ritos iniciáticos... En una extensísima segunda parte, Weibel «visualiza» esta perversidad en una rica, original y muy sugerente exploración iconográfica que le lleva a trazar una recorrido horizontal y vertical por todo el arte del siglo XX (con un total de 180 artistas), incluyendo cómics, dibujos, grabados, pinturas, instalaciones, fotogramas de filmes, fotografías, vídeos y películas. Consciente de la complejidad y de la amplitud del tema, Peter Weibel descubre –«quita las pieles», diríamos– de las visiones que le sirven para «categorizar» el masoquismo: fetichismo, mujer fatal, segunda piel, mujer-máquina, flagelación, castigo... Y presentar lo más didácticamente posible lo que se puede entender como subversión de los valores sociales patriarcales y burgueses. Las fotografías de Man Ray, Nobuyosji Araki, Gilles Berquet, Robert Mapplethorpe, Helmut Newton, David Levinthal, Doris Kloster, Pierre Moliner, Cindy Sherman y Andrés Serrano; los cómics de Tom de Finland o Guido Crepax, los dibujos de J. Baron de Lapin, Alfred Kubin, Félicien Rops y Joseph Beuys; las pinturas de Balthus y Nicole Eisenman; los objetos de Duchamp, Wim Delvoye y las instalaciones de Sylvie Fleury, por poner sólo unos ejemplos, ilustran el constante –y muchas veces camuflado– cruce de relaciones entre la Historia del Arte y la Historia de la sexualidad. En unos casos, son las «pieles» origen de un amplísimo catálogo de accesorios del cuerpo desnudo –corsés, mascaras, cuerdas, hierros, terciopelos, vellos– los que se convierten en el lugar central del fantasma masoquista. En este sentido, la serie de dibujos de Salvador Dalí La venus de las pieles, de 1969, nos parece de gran fuerza ilustrativa, en los que, como afirma Weibel, la piel es la frontera, el lugar en el que el masoquismo intenta establecer un equilibrio entre el yo y el mundo, pero también entre el «ello», el «ego» y el «superego».La frialdad de la máquinaEn otras obras, el acento se pone en la frialdad, en los aspectos inorgánicos, en la ausencia de vida derivada de la «mecanización de la vida sexual». De ahí la presencia de la mujer-máquina, un tema caro a los surrealistas y dadaístas, que en la exposición podemos rastrear en las obras de Zoe Leonard o Tobias Bernstrup, así como en las teorías de Gilles Deleuze que en su Le froid et le cruel (1967), texto ampliamente citado por Weibel, presenta el masoquismo de Sacher-Masoch complementado con el sadismo. En todos los casos, como exponen artistas tan distintos como Larry Clark (Tulsa, 1972-73), Nan Goldin (Balada de la dependencia sexual, 1987), los accionistas vieneses Günter Brus y Rudolf Schwarkogler o los exponentes del «masoquismo extremo», como Bob Flanagan y Joel-Peter Witkin, el cuerpo se entiende como «un fantasma que respira y habla de deseos cuya satisfacción procede sólo del tormento y del cruel orgullo de la humillación física». Ello hace que la exposición se convierta en un muestrario humano en el que la piel es escenario de heridas, tatuajes, incisiones, flagelaciones, rasguños, el lugar de la sumisión en el que escribir el fracaso de la ley, del orden simbólico, del nombre del padre y, en una palabra, del mito de Edipo. Pero, tal y como afirma Weibel, la sumisión (recordemos que una de las acciones más conocidas del propio Weibel fue recorrer las calles de Viena cual perro, caminando a cuatro patas y arrastrado por su compañera, la artista Valie Export) es (o puede ser) sólo un rol, un vestido –segunda piel– que uno puede ponerse o quitarse a expensas de los escombros del patriarcado. Concluye Weibel: «Si el siglo XX fue el siglo de Sade, el siglo XXI, el del “turbo-capitalismo”, el de una sociedad dominada por la competencia, por el consumismo cultural, por la tecnología avanzada, lo será de Sacher Masoch, pero ya no entendiendo el masoquismo como condición individual compulsiva, tal como así lo entendieron autores tan notables como Ivan Bloch o Freud, sino como condición social que conecta la perversión sexual con la liberación colectiva del ego». Una liberación, no podía ser de otra manera, placentera –necesaria– y dolorosa.