Más sobre flagelación, knut y spanking.
Aunque los azotes forman parte de lo cotidiano en
esta temática existen una serie de reglas que no siempre se observan y con las
que conviene contar para no convertir lo que debe ser una sensación igualmente
intensa para los dos participantes en un auténtico suplicio. El spanking, en
todas sus variantes, es un arte de complejo desarrollo, no se trata de castigar
por sistema un área corporal, sino que entre los buenos Maestros significa el
peaje a pagar en una escala in crescendo de placer. Siguiendo el hilo de las
primeras consideraciones realizadas en el anterior artículo, enfocaremos hoy un
poco más el objetivo de una práctica cuya frecuencia y extensión de uso la han
convertido en muchos casos en el primer acercamiento a la D/s.
He sido interrogada a menudo sobre la conveniencia de establecer una
"sesión-tipo", algo así como un patrón a seguir a la hora de llevar adelante
este procedimiento. Independientemente de que me horrorice la idea de
estandarizar lo que sólo es patrimonio exclusivo de la imaginación de cada cual
(casi tanto como la palabreja "sesión"... ¡por favor, que alguien versado en
letras habilite un término nuevo!) resultaría pretencioso e infame tratar de
cubrir en un artículo de un puñado de líneas el espíritu de una técnica tan
valiosa y gratificante. No obstante, he creído interesante comentar de una forma
ordenada las variantes (si no todas, al menos las más usuales) de un modo
meramente orientativo. Tan importante como la pericia del amo es la adecuada
elección de instrumento con el que comenzar. Para ello, ha de tenerse en cuenta
fundamentalmente el grado de iniciación de quien va a recibir los azotes. Y
puesto que vivimos en un mundo sometido a leyes físicas, también interesa
recordar que a mayor superficie de impacto mayor distribución de fuerzas, y por
ende, menos dolor. Por tanto, es recomendable comenzar -tanto en no iniciados
como al comienzo de cada sesión- el castigo con instrumentos de superficie
ancha: pala de ping-pong, regla, una espátula o la misma mano. Aunque el
resultado sea más ruidoso que efectivo su mayor utilidad radica en que de este
modo, tras unos 20 minutos de azote continuado, el sistema nervioso libera unas
sustancia derivada del opio, las endorfinas, que actúan como analgésico,
bloqueando en parte los receptores periféricos e inhibiendo el dolor. Tras esta
(fatigosa) etapa podremos incrementar el grado de dureza a fustas, cinturones o
látigos cortos. Una fusta es un instrumento muy versátil y de fácil manejo que
permite alternar azotes con el cuerpo de la fusta (la vara) o el lazo de cuero
de su extremo. Con cinturones, sujetad siempre la hebilla. En cambio, el látigo
nos brinda un grado de dificultad añadida: no es sencillo manipularlo.
Generalmente al hacerlo nos sentimos tentados a imprimir cierto efecto sobre el
extremo libre a lo "Indiana Jones", lanzándolo al aire y haciéndolo restallar
tirando levemente de él en su trayecto. Si provocamos ese movimiento, al caer
describirá un movimiento de arrastre levantando la piel y llegando incluso a
producir desgarro de tejidos. La cicatriz es permanente. El látigo largo (como
el knut, que aunque es más corto tiene la cuerda muy fina) ha de utilizarse
midiendo primero la distancia de brazo y cuero hasta la piel. Así situados, la
distancia ideal se halla un paso largo hacia adelante de ese punto. Si es mayor
de la indicada o no llegaremos o la punta cortará como una cuchilla, y si nos
quedamos cortos se enrollará en el cuerpo de un modo muy doloroso. La fuerza a
aplicar ha de ser la necesaria para que se transmita a todo el cuero sin que
"silbe" en el aire (debe sonar un siseo, si silba es demasiada), y debemos
dejarlo caer ¡sin tirar de él! hasta que toque la piel y pierda inercia. Un
truco para que se deslice bien es impregnar el tercio final del látigo con grasa
de potro (la que se usa con las botas de montar). Además de mantenerlo flexible
y suave, impedirá que se agarre a la superficie corporal. El siguiente peldaño
en dificultad es la cane, vara o bastón. Tanto la de bambú como la de madera
-incluso las hay forradas de cuero- es un arma temible. Las marcas que deja son
notables y el dolor mucho más intenso. La vibración de la madera, dada su
flexibilidad por el escaso grosor, hace que cada impacto castigue en efecto
rebote, con lo que un solo golpe deja dos o más señales que se inflaman y
enrojecen espectacularmente hasta adquirir gran relieve y color violáceo. Con la
cane es conveniente espaciar los azotes el tiempo necesario para que el dolor
remita. Mi personal valoración sobre el particular desaconseja el uso de canes a
curiosos, y NUNCA sobre otra zona que parte baja de glúteos -salvando así el
posible impacto accidental en región lumbar o ciática, donde además de
numerosísimas terminales nerviosas se localizan los riñones y el extremo final
de la columna, muy frágil y delicada- y muslos en su porción posterior. Mientras
que las palas, por su tamaño, circunscriben su acción casi exclusivamente a
nalgas, las reglas, fustas y cinturones brindan mayores lugares de trabajo:
glúteos, muslos inclusive en su cara interna, pecho... Considerando que el pecho
femenino es un área especialmente delicada debemos extremar cuidados
absteniéndonos de aplicar fuerza o castigos intensos. En lo que se refiere a
látigos, limitad en lo posible su uso a los dos tercios superiores de la
espalda, región cutánea que es más pobre en receptores nerviosos, por lo que los
castigos pueden ser más intensos. (Probad a presionar con los dedos varios
puntos simultáneos en la espalda, veréis cómo es imposible discernir su número y
ubicación). Y a pesar de que los japoneses, hábiles torturadores, aplicasen vara
a plantas y palmas de pies y manos, es preferible no jugar a los samurais.
Aparte de inutilizar las extremidades y causar un dolor insoportable, no aporta
nada a la práctica bdsm. Como último consejo, jamás castiguéis cabeza, brazos,
tórax ni área lumbar, además incluiría la región abdominal, salvo que vuestr@
sumis@ sea de constitución hercúlea. Y no azotéis una piel marcada,
especialmente si no han transcurrido 72 horas. Golpe sobre golpe provocamos una
granulación de los planos profundos de la dermis y deja cicatrices internas en
relieve (las temidas queloides). Recordad que con paciencia y "arte" se llega a
la perfección, disfrutad de ello.